Relato erotico -Fin de semana distinto-

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Fin de semana distinto

Mi novio Jordi y yo, Belinda, llevamos tres años juntos a pesar de que vivimos a mil kilómetros el uno del otro. Y para complacerme, y como estupendo novio que es, vino uno de esos muchos fines de semana para pasarlo juntos. Mi chico físicamente está muy bien: es muy alto, moreno, de aspecto robusto, con unas piernas de acero, y un torso duro y prominente. Hay que dejar claro que en cuanto a miembro se refiere, está bien dotado, ya que ronda un poco por encima de la media.
Yo soy una chica de estatura normal, guapa, morena de ojos verdes, y con buen cuerpo. Tengo un buen culito duro y unos pechos normales pero duros y firmes, con pezones pequeños y rosados.

Ese fin de semana estábamos en mi casa con mis padres, por lo que nuestro contacto no pasó de unos simples besos y caricias a escondidas de todos, lo que hacía que la temperatura subiese aún más entre nosotros. Una mañana, haciendo la cama, escuchamos que mi madre se iba y al quedarnos solos en casa, me agarró y me tumbó en la cama. Empezamos a jugar, a besarnos juntando nuestras lenguas, y poco a poco fuimos buscando ese roce que tanto deseábamos, pero sin ropa. Yo notaba como un bulto duro se clavaba entre mis piernas. El empuje por notar los dos aquella sensación tan rica nos hizo imaginar una escena que ambos deseábamos.

Poco a poco introdujo su mano dentro de mis braguitas, que estaban húmedas de la emoción, y con ligeros movimientos muy suaves rozó mi clítoris, lo que hacía estremecer mi cuerpo. Mis ojos suplicaban algo más, así que sacó su mano, chupó un dedito y volvió a meter la mano. Esta vez, ese dedito lamido por su lengua se introdujo entre mis labios rosados y húmedos. El hecho de que el dedo entre y salga de esa manera hace que Jordi vaya más rápido para que yo disfrute. Al momento, y a causa de lo caliente que estaba, creyó que era el momento de meter dos dedos dentro de mí, y así lo hizo. Mi goce era mayor y mis gemidos aumentaban a cada instante. Mientras yo gemía, los dedos entraban más adentro y cada vez más rápido. Me moría del gusto.

Estuvimos así un buen rato, él metiendo y sacando el dedo, lamiendo por momentos mis pezones y yo gimiendo y disfrutando como una loca. Cuando estaba a punto de explotar, escuchamos como mi madre llegaba. Rápidamente nos levantamos de la cama, casi sin tiempo de nada. Me había quedado a medias, al borde del orgasmo, y eso me mantuvo excitada el resto de días. La noche del día siguiente cambiaron las tornas. Estábamos cansados y, dispuestos a irnos a la cama, nos pusimos el pijama. Pero el contemplarlo desnudo pudo conmigo, así que de repente le aparte todo y metí su sexo en mi boca sin pararme a nada. Me moría de ganas de chuparlo, es algo que me encanta. Estaba en deuda con él, así que le lamí todo, de la base hasta la punta, lento y rápido, y sus pequeños gemidos me animaban a seguir chupando.

Cada vez estaba más duro y grueso, y mis ardientes labios calentaban aún más ese pene erecto. La punta de mi lengua recorría su glande, que estaba rojo y jugoso por mi saliva y sus jugos, y eso hacía que lo relamiera como si fuese un helado. Lo metía todo en mi boca, y Jordi me empujaba la cabeza con sus manos para marcar el ritmo. Mis padres tienen su dormitorio junto al mío, así que para no hacer mucho ruido decidí parar y masturbarlo con mi mano. Sentir su dureza y lo caliente que estaba me hacía moverlo arriba y abajo con fuerza, y aunque hubo un momento que me pidió que parara, no lo hice, porque sabía que en realidad estaba deseando llegar hasta el final.

En esos casos, es él quien controla, así que le dejé hacer su trabajo y yo, para ayudarle, lamía y acariciaba sus duritos pezones. Que le lama los pezones le pone muchísimo, incluso él mismo me dice que lo haga, así que no tardó nada en correrse. La cantidad de leche que salió era bestial. La cosa quedó ahí, pero aquello aumentó aún más nuestras ganas de estar solos y follar una y otra vez.

El lunes por la mañana dejamos el pueblo. Tuvimos que madrugar bastante, ya que tenía que entregar un trabajo en la facultad y vivo a 200km. Nuestras mentes calenturientas sólo pensaban en llegar a mi piso de estudiantes y follar como posesos. Ese era el pensamiento que habíamos tenido durante todo el fin de semana. Nuestro plan era: llegar al piso, follar, comer, follar e irnos al aeropuerto. Un buen plan después de todo el fin de semana a pajas y pensamientos calenturientos.

El viaje en coche fue tranquilo, pero ambos teníamos el pensamiento en esos momentos que poco a poco se acercarían. De vez en cuando le acariciaba la pierna, las manos, unas pequeñas caricias inocentes pero que ambos queríamos que fuesen a más. El padre de Belinda nos dejó en el piso para dejar las maletas, y acto seguido nos llevó a la facultad. De vuelta al piso, decidió quedarse junto con su hermano a comer allí con nosotros, así que todos nuestros planes tuvieron que ser cambiados, teniendo que aguantar esas ganas de follarla durante más tiempo. Una vez dejado el coche, ella decidió irse a cambiar de ropa puesto que hacía un día caluroso. Así que mientras su padre y su hermano fueron a mirar tiendas, nosotros nos dirigimos hacia el piso para que se pudiese cambiar. Una vez en la habitación, empezaron esos besos y caricias que tanto deseábamos.

Ella se abalanzó sobre mí, y mientras me besaba me desabrochó la camisa. Sus manos me acariciaban, y yo quería más. La cogí y la senté encima de la mesa, y con el gran bulto que apretaba mi pantalón rozaba su clítoris por encima de la ropa, empujando como si fuese a follármela ahí mismo, pero, como estaban esperándonos, no pudimos pasar de ahí, así que lo único que hicimos fue aumentar el calentón. Finalmente, y después de comer, llegó el momento esperado...Habíamos acordado echar una siesta, puesto que el madrugón que nos pegamos fue grande, pero ambos sabíamos que queríamos y que deseábamos hacer...Ella se puso el pantalón del pijama, un pijamita de niña inocente, algo que ella no es para nada, pues está hecha una tigresa en la cama. Yo, puesto que tenía la maleta hecha para irme, tuve que dormir sólo con los calzoncillos. Una vez juntos en la cama, no pudimos más, y empezamos a besarnos apasionadamente, como nunca lo habíamos hecho, de una forma “salvaje”, y de esa misma forma, nos quitamos la ropa. No recuerdo que hubiese pasado eso ninguna vez, pero las ganas eran tantas, que no podía ser de otra forma.

Una vez desnudos y sin pararnos a nada, pusimos el preservativo. Ya estaba todo listo para comenzar a follar, eso que tanto queríamos. Por fin Belinda estaba allí, desnuda sobre la cama, con sus piernas abiertas para recibir mi pene, así que, viendo su cara deseosa de recibirlo, decidí no demorar más la espera, tumbarme encima suyo y empezar a introducir mi miembro lentamente, escuchando sus gemidos, ansiosos de tenerla toda dentro, y no parar de follar. Poco a poco iba entrando más, el calor aumentaba, los besos, las caricias iban a más, y poco a poco, comenzamos a follar. Primero me puse encima suyo, ella tumbada y yo metiendo mi sexo una y otra vez...Me encanta tener el control en esta parte, viendo su cara deseosa y excitada de mis movimientos...No pensaba en otra cosa que no fuese follarla más y más, en no dejar que eso acabase. Sus manos acariciaban mi espalda y me apretaba con fuerza por todo el placer que le estaba haciendo sentir, casi arañándome. Me pedía que no parase de follarla, y yo por supuesto, no pensaba hacerlo.

Acto seguido nos pusimos de lado, una postura algo reciente que habíamos probado y que ambos deseábamos volver a tener. Mientras la follaba, acariciaba sus pechos y pezones con una mano, que botaban cada vez que la empujaba por detrás. Con la otra acariciaba su clítoris, que estaba hinchado y encantado por el movimiento. Notaba como su sexo apretaba el mío, es como si no pudiese entrar pero poco a poco se va haciendo hueco. A ella le encanta esa postura por eso mismo, porque siente como mi pene va abriendo el camino, entrando y saliendo rápido y lento. Su cara era puro placer, y casi sin fuerzas me susurraba que le gustaba así, que le encantaba lo que le estaba haciendo. Decidimos cambiar de posición, pero antes de eso quise darle un pequeño regalito y continué con mis embestidas que tanto gusto le proporcionaban.

Finalmente, fui yo quien me tumbé y ella se sentó encima. Se sentó dándome la espalda, algo nuevo para nosotros. Yo tumbado podía ver como se movía y viendo su culito durito hacía que todavía quisiese metérsela más adentro. Aprovechaba para darle pequeñas palmaditas en el culito y abrirlo con mis manos para no dejar de penetrarla más y más adentro. Me encanta cuando es ella quien toma el control, quien se mueve, porque lo hace de una forma que me vuelve loco y es por ello que no tenía ganas de correrme, porque no quería que acabasen esos momentos. Como no vive sola, nos daba apuro que el resto oyese el sonido de la cama, así que le pedí que bajásemos el colchón al suelo, para poder follarla con fuerza sin que nadie pudiese escucharnos. Pusimos el colchón delante del armario, cuyas puertas son unos espejos. Nos volvimos a poner de lado, porque como he dicho, esa postura le encanta a Belinda.

Ella alternaba dos movimientos: en el primero levantaba la cabeza, pudiendo ver en el espejo como follábamos; en el segundo, a causa de la excitación, agarraba fuertemente las sábanas y se mordía ligeramente el labio inferior, una escena que a mí me ponía aún más cachondo y me hacía querer seguir follándola más rápido. Iba rápido y lento, como tanto nos gusta, pero, llegó ese momento en el que no puedes más, y necesitas correrte. Y así lo hice. Vacié todo lo que tenía, pero ambos sabíamos que íbamos a seguir follando cuando todo estuviese listo otra vez, así que durante esa espera, hice algo que me encanta...Chuparle todo el clítoris, jugar con mi lengua y mi dedo. Para ello, y como la última vez hice, utilicé una cosa que a ella le vuelve loca por las arrugas que tiene...algo tan simple como un gusano de golosina. Así que, empecé a chuparle el clítoris, meter mi lengua dentro de su sexo y no parar de moverme.

Notaba en su cara como deseaba que utilizase ese gusano, así que decidí que había llegado el momento de que fuésemos tres en este juego...poco a poco el gusano le daba golpecitos en el clítoris, lo acariciaba mientras mis dedos hacían el mismo camino, junto con mi lengua...Y de pronto, poco a poco se metió en su sexo ese mismo gusano...Yo por supuesto, me lo comí entero. Me moría de ganas de hacerlo, y estaba deseándolo. Una simple mirada bastó para saber que queríamos repetir esa misma experiencia, sobre todo ella, pero esta vez, fue Belinda la que metió el gusano dentro de su sexo. Por supuesto, no tardé ni 30 segundos en volvérmelo a comer, pero esta vez, recorriendo aún más su clítoris con mi lengua y metiéndola todo lo que podía, mientras mis manos acariciaban su culito duro. Después de todo esto, nos dimos cuenta de que mi sexo ya estaba listo para volver a follar, algo que seguíamos deseando que pasase. Así que, colocando otro preservativo, le pregunté al oído ¿Crees que ya está lista?

Belinda costosamente debido a los gemidos que aún daba me contestó que sí, a lo que yo le dije, pues túmbate y abre las piernas. Empecé a follarla nuevamente, una sensación que por primera vez tuvimos, ya que nunca antes lo habíamos hecho dos veces tan seguidas. Con ella tendida y con las piernas abiertas, vi que esa cosita que tiene entre las piernas tan apetitosa y rojita me llamaba, así que volví a meter mi miembro, esta vez más rápido. Su cara deseosa de más después de más de una hora sin parar hacía que yo no quisiera parar. Ya he dicho que Belinda es una tigresa en la cama. Sus manos agarraban mi cabeza, y sus dedos se entremetían en mi pelo, temiendo que de un momento a otro apretase o me tirase del pelo. Cuando su sexo se había vuelto a amoldar al mío, le pedí que se pusiera a cuatro patas. Es una postura que no solemos practicar, pero esa tarde bien lo merecía. Ella se colocó de rodillas y tumbó su cuerpo hacía adelante. Es una postura que le provoca algo de dolor, por eso comencé a meterla muy despacio, y poco a poco fue entrando hasta el final.

Me movía lento, notando como poco a poco empezaba a gemir de placer, así que empecé a ir más rápido. Una mezcla de dolor y placer inundaba su cuerpo con cada embestida, que me pedía que no parase. Yo no podía parar al verla mordiéndose el labio de nuevo agarrada a la almohada, esa almohada donde descansaban sus tetitas y sus uñas de tigresa se clavaban. Después para agradecerle el esfuerzo la puse de lado, para follarla como a ella le gusta y por supuesto, a mí. El sentir cómo esos labios, esas paredes aprietan mi pene me vuelve loco. Me quedaba poco, y ella, que bien sabe lo que me gusta, se colocó arriba. Empezó a moverse lentamente, con sus piernas bien abiertas para que entrara al máximo mi miembro, que se deslizaba sin problemas por aquel pasadizo oscuro. Poco a poco fue aumentado el ritmo, sus movimientos eran más rápidos e intensos, su cara reflejaba un placer extremo, y la mía también. Hizo un movimiento muy rápido que nunca había hecho, un movimiento que movía mi pene de forma vigorosa y maravillosa. Iba a correrme en cualquier instante. Siguió moviéndose de manera rápida, aunque a veces paraba para ir más lento y descansar.

El sentir todo esto otra vez, el haberla visto de nuevo abierta para mí, el observar su cuerpo precioso, hizo que esta vez sí tuviese unas ganas enormes de volverme a correr y es que, a ella, le encanta cuando lo hago y por supuesto, a mí, me encanta hacerlo. Por nuestro cuerpo resbalaba el sudor. Yo estaba completamente empapado, y su piel mojada brillaba a contraluz. Me había hecho trabajar duro, pero no me importaba. Un polvazo como el de esa tarde no se echa todos los días. Finalmente, después de más de dos horas y tras dos folladas increíbles que recordaremos siempre, nos tumbamos.

Había llegado el momento de que ella llegase al orgasmo, cosa que no tardó mucho en hacer, utilizando mi dedito mojadito en su sexo, donde pude comprobar que entraba de maravilla a causa de lo húmedo que estaba. Me gusta ponerme cerca suyo mientras juego con mi dedo, porque eso hace que pueda escuchar más sus gemidos, esos que le provocan mis dedos y que hacen que cada vez vaya más rápido, deseoso de escuchar ese último gemido. Este llegó, haciendo estremecer su cuerpo precioso, y la calmé con un apasionado beso. Después nos quedamos abrazados durante un rato, recordando todo lo que acababa de pasar. Teníamos ganas de más, pero la hora de irme había llegado, así que nos preparamos y nos fuimos al aeropuerto, con el recuerdo de esa tarde maravillosa que nunca olvidaremos y que ambos, queremos volver a tener.




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