Relato erotico -Profesora explosiva-

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Profesora explosiva

Hola, mi nombre es Paula y soy profesora en Argentina. Es la primera vez que mando un relato mío a algún sitio, es por eso que les pido sepan entender si no es de lo que más gusta en esta materia.

Empezare por describirme. Soy una mujer joven, tengo 33 años, soltera, no muy alta, alrededor de 1,60 mts de altura, castaña oscuro, con algo de rulos, ojos miel, para no decir marrones claritos que es más ordinario, tengo, eso sí, muy buenos pechos para mi altura y peso, algunos dicen que son más que abundantes, pero debo confesar que así como están me han dado muchas situaciones beneficiosas, además soy de peso normal (¡no les diré mi peso!)

Me considero sexualmente activa, aunque sin pareja y tampoco con una vida sexual fuera de lo común. Bueno, eso era hasta que paso lo que quiero compartir con ustedes.

En una reunión de amigas que hacemos los viernes a la noche, una de ellas estaba hablando de cómo vienen los jóvenes ahora. La verdad es que son terribles, hay que estar bien alerta porque sino, donde se les da un mínimo de confianza... ¡zas!, como dicen ellos:

- Perdiste! Así es que María, la madre de Pablo, un alumno mío comenta que Marcelo, un compañero de Pablo y también alumno mío, los cuales tienen alrededor de 18 años, era lo que se dice un verdadero fenómeno. Yo primero no entendí, pensé para mis adentros:

- Fenómeno? Es más bien alguien muy tímido y de especial poco y nada.
Por eso pregunté por qué decía que era un fenómeno y me dice: - ¿No notaste que los amigos lo cargan todo el día? - Si, eso lo vengo viendo desde principio de año- le contesté –Que tiene que ver? - Sabes porque lo cargan, tontita? - No. Ni idea.- Seguí sin entender, pero parecía que el resto de mis amigas algo sabían o habían entendido, porque se reían bastante.

- Me dijo Pablito que le vieron la verga en el baño y, dormida, mide más de 15 centímetros! - No puede ser! Es imposible!- Contesté casi inmediatamente mientras note que mi entrepierna acusaba recibo de la noticia generando una incipiente humedad.

- Mira, me contó que una vez le hincharon tanto las bolas con eso que accedió a mostrárselas bien dura y llevaron una regla de 20 cms. para medírsela... y no les alcanzo! A esta altura ya estaba decididamente caliente. Y supongo que era indisimulable, ya que todas me dijeron que cerrara la boca y los ojos, que parecía que había visto a un fantasma, mientras seguían riéndose de mí.

- Un fantasma sumamente vergudo.- Pensé.

De ahí en más, puedo decirles, que mi vida cambio. No pasaba un día en que no intentara ver el bulto de Marcelo. Me le acercaba a hablarle, haciéndome la boluda me reclinaba en su escritorio tratando de que viera un poco más de mis tetas y ver si así lograba que su verga cambiara de tamaño. Todo lo intente.

Lo máximo fue, siempre tratando de que nadie notara mi calentura por ese pendejo, pararme en la puerta del baño de hombres, en los recreos, cosa de que cuando la puerta vaivén se abriera o cerrara, me permitiera verle algo, aunque mas no fuera su slip.

Demás estará decirles que por las noche me pajeaba como un quinceañera. Podía haber estado corrigiendo exámenes, con dolores de muelas o hasta viendo el noticiero más sangriento, que ni bien me acostaba, lo cual hago con remera y bombacha, mis manos solitas fueran, una a mis tetas, por debajo de la remera, acariciaba mis pezones y me las estrujaba bien fuertes como suponía que ese pendejo me haría de tenerme a su alcance. Y la otra mano, directo a mi concha.

Bien húmeda y predispuesta a que dedos acariciaran mi clítoris inflamado y me penetraran la cueva, con fuerza y por un buen rato, hasta que empezaba a temblar y sentir en todo el cuerpo, como acababa como una yegua. Así de caliente me tenía Marcelo. Y él, sin saber nada.

Tanto fue el cántaro a la fuente...
Un día, no pude más. Algo tenía que hacer y lo hice. Espere a que terminara la hora y como quien no quiere la cosa lo llame aparte:

- Mira Marcelo, no quiero preocuparte, pero no te veo bien en la materia.

- Tiene razón profe, la verdad es que no le estoy dando lo mejor de mí- Me contestó.

- Lo mejor de vos está entre tus piernas, corazón. – Pensé.

- Hagamos algo, yo los jueves podría darte clases particulares en mi departamento. Vos te venís, vemos en que andas flojo, te ayudo y seguro que en un tiempito, mejoras un montón. ¿Te parece?

Mientras le hacia esta propuesta me pareció que su verga hacia un ligero intento de entusiasmo, aunque la verdad, tal vez solo fueron mis ganas de que se le pusiera bien dura ahí mismo y me diera un adelanto de lo que tanto quería.

- Eso sí, por favor, no les digas nada de esto a tus amigos, no quiero que piensen que siempre hago esto o que te tengo preferencia, ¿puede ser?

- Si, señora. No le digo nada a nadie Pues bien, ya tenía todo arreglado. No veía la hora de que fuera jueves.

Pero finalmente llegó, no sin antes haberme estado pajeando a full desde la charla esa del lunes. Pero bueno, ya era jueves, a la tarde para más datos y estaba en mi departamento esperando por Marcelo y por esa verga joven y enorme.

Ni bien sonó el portero y me vi al espejo como estaba vestida, supe que sexo no iba a faltar en esa “clase particular”.

Me había puesto una remera blanca, bastante ceñida, sin corpiño, lo que hacía que mis pezones en nada disimularan la desnudez de mis tetas al marcarse como lo hacían, un short de jeans todo desflecado y que no terminaba mucho más allá de los cachetes de mi culo.

Medias blancas y zapatillas rojas eran el resto de mi vestuario. Ni bien subió por el ascensor, después de que le abriera por el portero, apareció ante mi puerta Marcelo. Él es más alto que yo, medirá más de 1,75, tiene el pelo morocho, con algo de melena, unos ojos verdes tristes adorables, delgado y manos firmes. Pero lo que más me importaba era su pedazo.

Traía puestos unos short de malla, tipo surfer, una musculosa y ojotas. Al verlo tan distinto de lo que comúnmente lo veía en clases, me impactó aun más. El problema es que los chicos usan esas mallas muy sueltas, y lo que con jeans se marcaba bien acostadito hacia la derecha, acá poco y nada se notaba. Por ahora.

- ¿Querés tomar algo? – Pregunté.

- No, gracias, estoy bien.

- “Bien? Bien? Estas para cogerte todo amor, para cogerte hasta que no pueda tener las piernas más abiertas!” –Pensé para mí.

- Empecemos.

La verdad es que tanta espera en tenerlo para mi, tantas pajas que me había hecho en su honor y en el de su verga, el calor que hacía y mi calentura hicieron que de una me mandara a buscar lo que ya no quería, sino que necesitaba desesperadamente.

- Me di cuenta que tus amigos siempre te están cargando. ¿Por qué es? – Le pregunté con la mayor cara de tontita que podía ponerle mientras me llevaba un lápiz a la boca y lo metía y sacaba inocentemente.

Se puso colorado. No quería decirme.

- Dale, no seas tontito. A mi me podes contar.

- Es que... ¿cómo decirlo? Tengo algo...

- ¿Que tenés bebe? –le dije ya mostrándole un poco más el nacimiento de mis tetas al inclinarme sobre la mesa, acercándome a donde estaba él.

- No sé cómo decirle.

- Decime de una y listo. No debe ser algo tan malo, verdad? - No, de malo no tiene nada, sino que tiene de mucho...

Mis labios vaginales pedían a gritos que la cabeza de su verga me entrara hasta el fondo, el agujerito del culo se me abría y cerraba como pidiéndome que por favor me metiera aunque más no fuese un dedito y mis tetas ya en nada ocultaban mi calentura, al tener los pezones erectos e hipersensibles.

- Contame corazón. –Le dije ya con la voz pastosa y viéndole descaradamente su entrepierna.

- Es que la tengo muy grande.

- Bueno, eso no es algo de que avergonzarse. Además, a tu edad, capaz que un poquito más grande que el resto hace que piensen que es enorme y no lo es.

- Puede ser, pero todos los que me la vieron, me dijeron que si lo era.- Me contestaba con la vergüenza de un chico y con una excitación que empezaba a notársele a él también.

- ¿Si? ¿Todos te lo dicen? - Sssi...

- Y decime una cosa corazón, te la mediste ya? - Si.

- Y? ¿Cuánto te mide el pedazo? – Ya ni siquiera podía cuidar las formas de mi lenguaje de lo caliente que estaba.

- ¿Parada? - Obvio, amor.

- 25 cms.

- ¿Cuu...anto? - 25 cms. de largo por unos 6 cms de circunferencia.

Mientras me paraba y me acercaba a él, con el retumbe dentro de mi cabeza de sus palabras y mi mano derecha acariciándome la concha por sobre le short, le digo:

- Bebe, eso sí que es mucho. ¿Puedo pedirte algo? Él ya estaba bien caliente también, porque ni siquiera esa malla suelta podía esconder la terrible erección que su chota tenia.

- ¿Que quiere profe? - La tenés dura ahora? -...

- No tengas miedo. Mira, dame tu mano, pásamela por acá. – Le dije mientras hacía que me pasara la mano por la entrepierna, sobre el jeans.

- ¿Ves? Yo también estoy caliente. ¿Te das cuenta de cómo estoy? - Sssi....

- Bueno, puedo vértela entonces? - Si. – Y comenzó a desprenderse el abrojo de la malla. No había terminado de abrirlo del todo cuando apareció su verga.

¡Mi madre!, estaba ahí sentado, con sus piernas bien abiertas, la malla desprendida y una enorme masa de carne caliente y joven apuntando al techo.

Lo miré con los ojos de la fiera que sabiendo que su presa no tiene escapatoria posible, se toma unos segundos para atacar. Y lo hice. Sin besos previos, ni caricias, ni palabras de amor. Me abalancé como supuse que él haría sobre mis tetas cuando me pajeaba.

Me arrodillé ante él, lo miré por un instante a los ojos y tomándole la chota desde la base, haciendo que permaneciera sentado pero llevándole la malla a los tobillos, corriéndole la piel hacia atrás, me metí esa cabeza roja, húmeda, caliente y sumamente grande en la boca.

Por fin! Ahí estaba yo, arrodillada ante semejante monumento de carne, chupándolo, lamiéndolo, comiéndomelo como una nena hambrienta que no puede dejar de chupar el pecho de su mamá. Que manera más salvaje de chupar una pija! Creo que nunca había mamado a algún hombre con las ganas con que se lo estaba haciendo a ese joven.

Me bajé a lamerle los huevos, volví por su tronco que además de largo era bastante venoso y ni que decir de grueso. Le acariciaba el pecho sin dejar que por un momento su verga se me saliera de la boca.

Me llené de su sabor, de su olor de hombre joven, de pija la boca me llene. Eso.

Él no lo podía creer. Me miraba como si fuese una alucinación. Respiraba dificultosamente y se agarraba de los bordes de la silla para no caerse, porque las piernas ya no le respondían.

Yo sabía que no tenía mucho tiempo. La terrible mamada que le estaba dando no podían tener por resultado otra cosa que su orgasmo en pocos minutos.

Por eso, llena de una calentura indescriptible, le agarré la mano y la llevé a mi nuca, para que me usara la cabeza de la forma y ritmo que mejor quisiera.

Era su puta en ese momento y lo único en todo el mundo que me importaba era que mi macho gozara como un animal, como lo estaba haciendo yo misma.

Al verle la cara observé que sus ojos se cerraban, llevaba la cara hacia arriba y de su boca algo quería salir, aunque era inentendible.

Mi macho, mi dueño estaba por acabar. Me agarró la cabeza con ambas manos de los costados, me hizo trabajarle sobre le cabeza de su chota por unos minutos y lazando un grito mudo me llenó la boca de leche.

-Mmmmmm, Mmmmmm, Mmmmmm. – Fue lo único que pude decir mientras saboreaba la leche espesa y caliente, que como una fuente le salía a Marcelo de la pija.

No sé bien cuanto fue, pero si se que tragué varias veces y así y todo no pude evitar que un poco de ese néctar blanco y viscoso saliera de mis apretados labios sobre su pedazo. Igualmente me apuré a pasar mi dedo pulgar derecho y recoger lo que se había salido, solo para volver a metérmelo en la boca una vez que había tragado todo lo anterior.

Con la última chupada, de viciosa nomás, que le di a su verga, volví a abrir los ojos. Y ahí estaba él, con una mezcla de alegría y sorpresa casi tan grande como lo que le colgaba a media asta entre las piernas.

Sin darme cuenta, en algún momento, me había levantado la remera, dejando mis tetas al aire y me había metido la mano dentro del short de jeans, para llegar, a duras penas, por la posición y por mi tanga, a meterme un dedito en la raja.

Toda esta postal, mi mirada de viciosa sobre su cuerpo y le leche que se notaba que tenía en la comisura de mi boca, junto con la edad y juventud de mi amante, hicieron que su preciosa y descomunal verga comenzara a ponérsele dura nuevamente.

Bueno, creo que por ser la primera vez que lo hago, no he realizado un relato tan aburrido que digamos. Espero que les haya gustado.

Besos...




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